viernes, 10 de junio de 2022

Bajando la cuesta del Totoral llegamos a la Cocha, Tucumán.

 Cuándo se desprecia la historia y se olvida el pasado.

Bajando la cuesta del Totoral llegamos a la Cocha, Tucumán.
En viajes anteriores habíamos observado una extraña torre detrás de la estación de servicio.
Quisimos averiguar más sobre esa construcción y nos comentaron qué eran las ruinas del castillo del doctor Denis.
El doctor Denis, griego, casado y con hijas hizo construir su clínica neuropsiquiátrica en este lugar.
Ya el terreno del lugar era utilizado como campo Santo donde habían enterrado cadáveres durante la epidemia de cólera del año 1886.
Fallecieron sus hijas y su mujer que también fueron enterradas en este campo Santo.
Leyendas más, leyendas menos, cuentan que nadie puede ingresar al lugar .
Cómo nos gustan los desafíos fuimos a querer conocer y tomar fotografías. La huella al campo Santo estaba muy borradas y con pastizales ortigas y cardones que impedían el paso.
En un segundo viaje intentamos nuevamente visitar el campo santo del doctor Claudio Denis y dos bravios perros impidieron nuestro ingreso.
Cómo no hay dos sin tres, en una fría mañana de invierno volvimos a estacionar junto a la torre y ya con un buen equipo de botas altas de goma y machete en mano para abrir huella me dirijo al camposanto y una gran serpiente se hizo ver y escuchar, decidí abandonar la expedición.
Han pasado varios años ya, y hoy junio del 22 nuevamente pasamos por la Cocha, la torre ya no se ve.
La hermosa torre qué lucía estatuas en los descansos de la escalera, la cancha de tenis y la construcción de estilo medieval europea qué quedó a medio de construir ya no está más.
Aquí donde se realizaron los primeros festivales folklóricos, dónde alguna vez se montó el escenario de la fiesta nacional del tabaco, dónde se pensó convertir en museo, pese a la oposición de muchos pobladores terminaron de derrumbar la torre y lo poco que quedaba de la casa.
Aquí un pequeño pedazo de historia que quieren olvidar.















Catamarca Argentina. Recorriendo hacia el norte por la Cuesta del totoral

Llegamos a la Villa del Portezuelo. Donde su pequeña iglesia nos invita a subir y utilizar el campanario como mirador del pueblo.

Tres campanas de distinto tamaño y muy antiguas se asoman desde una pequeña ventana. Se nos hace irresistible partir sin escuchar su sonido.
Al pie de la famosa cuesta.
Desde la cuesta del Portezuelo
Mirando abajo, parece un sueño
Pueblito aquí, otro más allá
Y un camino largo que baja y se pierde
Hay un ranchito sombrea'o de higueras
Y bajo el tala durmiendo un perro
Y al atardecer' cuando baja el sol
Una majadita volviendo del cerro
Paisajes de Catamarca
Con mil distintos tonos de verde
Pueblito aquí, otro más allá
Y un camino largo que baja y se pierde
Y ya en la villa del Portezuelo
Con sus costumbres tan provincianas
El cañizo aquí, el tabaco allá
Y en las sogas cuelgan quesillos de cabra
Pon una escoba de pichanilla
Una chinita barriendo el patio
Y sobre el nogal, centenario ya
Se oye un chalchalero que ensaya su canto
Paisajes de Catamarca
Con mil distintos tonos de verde
Un pueblito aquí, otro más allá
Y un camino largo que baja y se pierde
El Portezuelo “Puerta grande entre los cerros” o “Entrada grande”, según su etimología. Recostado sobre las falda del cerro Ancasti albergó a las primeras familias en el siglo XVIII, luego que Juan Bautista Muñoz decidiera entregar parte de sus tierras a los Barros, Páez de Carcajena, Camacho, Olivera y Pedrazaz. Quienes poseían tierras en comunidades cercanas. Estas familias se dedicaron a continuar con el cultivo del algodón, alfalfa viñas y a la cría de animales, caprinos, mulares y ovinos











La Merced catamarca Un trunco proyecto de integración. los tuneles

Vestigios de otras épocas, estas moles de cemento representan lo que en algún momento fue un proyecto que tuvo en cuenta al Noroeste argentino.

Pero no iba a ser tan fácil: pasaron más de 70 años y lo único que queda son las estructuras olvidadas, el agua que brota desde las heridas de las montañas y una nueva oportunidad para hacer conocida a Catamarca.
Los túneles de La Merced no son nada comparable a lo que se esperaba que fueran a mediados del siglo XX, cuando se proyectaba conectar el Valle Central de Catamarca con el sur tucumano.
Una obra de semejante magnitud no sólo implicaba concretar la unión ferroviaria entre Catamarca y Tucumán, sino que también era una forma de darle la importancia que se merecía una región periférica como lo era (y lo es) el Noroeste.
El proyecto era tan ambicioso que su concreción no coincidió con los intereses de los gobernantes subsiguientes: aunque se construyeron los túneles, el ferrocarril jamás cruzó la sierra de Guayamba, como lo habían soñado muchos catamarqueños.
Los fundamentos oficiales fueron que era riesgoso completar la obra: las inspecciones y evaluaciones realizadas determinaron que las filtraciones de agua podrían debilitar la estructura interna de los túneles.
El hecho es que se dejó incompleta una monumental obra de ingeniería que habría significado una llave para abrir nuevas posibilidades para los pueblos del Noroeste argentino.
Se proyectó construir catorce túneles en total, pero en la actualidad sólo subsisten nueve; tres de ellos en la parte tucumana (los túneles de Rumi Punco) y seis en territorio catamarqueño: nuestros túneles de La Merced.
Al visitarlos, surge la pregunta de cómo se pudo echar por tierra tantos años de trabajo y sacrificio de los obreros que pusieron su cuerpo por semejante causa.
Hoy sólo encontramos la frescura, la oscuridad de su interior, y el ruido del agua que se filtra e inunda el suelo que nunca sostuvo las vías del tren. Hay nostalgia sí, pero también mucho por descubrir.
Localización geográfica
Los túneles se localizan en el departamento Paclín, 55 km al NNE de San Fernando del Valle de Catamarca (SFVC) y 4 km al NNE de La Merced. En la actualidad se ingresa a través del Camping Los Túneles ($100 la entrada por persona, octubre de 2021).
El sitio está enclavado en una zona montañosa correspondiente a la sierra de Guayamba, a un promedio de 1000 msnm, dentro de la región fitogeográfica de las Yungas, muy cerca del trazado actual de la cuesta del Totoral (y también del antiguo)
1° túnel: el coloso
A sólo dos cuadras del camping está la boca del primer túnel. Al llegar a la entrada se siente un aire fresco que emana desde adentro. Allá en el fondo, un puntito blanco: la salida del túnel a 2 km de distancia. Es el gran coloso porque la construcción tiene 2080 m de largo. Mientras más nos vamos internando, más fresco se vuelve el ambiente y también más oscuro y húmedo.
Por las paredes y el techo se filtra agua, a veces en goteras y otras en borbotones o chorros: por partes hay agua estancada y por otras, fluye como un verdadero río subterráneo. Si no te querés mojar los pies, se puede caminar cuidadosamente por el borde izquierdo o derecho (un cordón alto de concreto) mientras te ayudás apoyándote sobre la pared.
Con las condiciones adecuadas, es posible observar una proyección de la imagen de afuera del túnel sobre la pared: se trata del efecto cámara oscura permitido por el ingreso de luz a través de un pequeño punto.
Pero una de las más espectaculares experiencias de entrar en el túnel es la gran reverberación que produce un sonido envolvente increíble con el más mínimo ruido que se emita.
Si cantás, reís o silvás, los sonidos resultantes son tan impresionantes como "aterradores" si estás en la otra boca del túnel sin saber quién o qué los produce.
Una vez que se ha cruzado el primer túnel, ya estamos a mitad del recorrido. Sólo quedan 2 km más y cinco túneles restantes.
Para cruzar el primer túnel se necesita un abrigo incluso en verano, a pesar de que afuera esté caluroso, pues rara vez se superan los 18° adentro
2° túnel: el pequeño
Tiene 40 m de largo y es levemente curvado. Hasta hace no muchos años estaba muy bien conservado. Sin embargo, en 2018 su acceso ha comenzado a peligrar debido a un derrumbe que parece estar avanzando hacia su boca occidental. Además, las lluvias han provocado un derrumbe que bloqueó parcialmente la boca oriental. Si no se hace nada al respecto, quizá en el futuro el 2° túnel quede inaccesible, lo cual impediría también llegar a los siguientes, pues para ello hay que cruzar el segundo túnel sí o sí
3° túnel: único de sur a norte
Como si lo anterior fuera poco, entre el segundo y tercer túnel hay una zona en la que el sendero está en riesgo de derrumbarse. Si eso llegara a ocurrir, perderemos el acceso al tercer túnel. Pero en sí, está muy bien conservado. Es el único dispuesto de sur a norte, tiene unos 150 m de largo y carece de partes inundadas. Además, hay señal de celular cerca de su boca sur.
4° túnel: el misterioso
Se dice que con los trabajos de construcción de la nueva cuesta del Totoral, que pasa por arriba de los túneles, se produjo un derrumbe que tapó por completo una de sus bocas. Desde hace veintiséis años que sólo se puede ingresar por la boca noreste, pero claro, la misma está inundada. Por estas razones, es uno de los túneles menos explorados.
Por lo tanto es imposible ingresar en él desde esa boca, pero sí seguir un camino por la montaña y a la vuelta encontrarnos con la boca de salida del mismo. Oscura y fría. Si ingresamos veremos el derrumbe en uno de sus extremos y los murciélagos que habitan en él.
5° túnel: el curvado
Es el túnel más combado de todos y sólo se encuentra inundado en su boca norte. Lamentablemente en 2020 se produjo un derrumbe que está bloqueando parcialmente su boca, aunque se lo puede cruzar sin problemas.
Desde acá se puede ver el paisaje hacia los llanos del este de Catamarca
6° túnel: el último
Para llegar a él hay que caminar poco más de 4 km desde la entrada del 1° túnel.
Quizá por ello no muchos lo conocen. De hecho, para llegar a él hay que descender por una profunda quebrada por donde fluye un arroyo que hay que cruzar sí o sí.
Gracias a texto que leimos por Stefan Sauzuk es que pudimos conocerlos.
Cuidemos lo y conservemos lo entre todos












jueves, 9 de junio de 2022

 Balcozna, Catamarca, Argentina o también como le llaman Balcosna

un pequeño pueblito enclavado allí en la montaña, donde todas las noches es necesario taparse con un mantita aunque sea verano. por la Ruta Nacional 38 hacia el norte Pasando La Merced , se debe tomar la Cuesta del Totoral. En La Merced, donde nacen los famosos tuneles feroviarios 50 km hechos alla en el periodo de Peron y que lamentablemente jamas se llegaron a utilizar
Desde la Merced tomamos la Ruta Provincial 9 hacia el norte y después de recorrer 33 kilómetros de verdes brillantes y ondulantes que en invierno se visten de blanco, por sus grandes nevadas pasando por El Rosario, La Higuera, San Antonio de Paclín, llegamos a Balcozna.
Los lugares imperdibles para nosotros son el Salton, una gran caída de agua fresca y transparente, Las Lajas , la Cuesta de Singuil y la selva de las Higuerillas
Las primeras tribus que habitaron el territorio de Paclín fueron los aquilingastas, en Amadores y Yocangastas, en Yocán. Al culminarse el siglo XVI en el ValleValle de Catamarca había aproximadamente 3.000 españoles; el obispo Trejo y Sanabria con fines de mejorar el proceso organizativo, crea lo que se denominó el Curato del Valle de Catamarca. Se extendía desde Chumbicha hasta Singuil incluido el Valle de Paclín, lo que hoy está ocupado por el Departamento Capital, Capayán, Valle Viejo, Fray Mamerto Esquiú (Piedra Blanca), Ambato y Paclín, o sea la Región Centro. El territorio de Paclín tuvo a Don Diego de Vera como su primer dueño, quien tenía una hacienda con ganado bovino y comprendía lo que actualmente es la finca de las beatas, que fue vendida a la cooperativa de tamberos Ltda.
Paclín es un cañón que se extiende entre las sierras de Gracián y Guayamba. Su nombre proviene de la voz cacana “Pakilingasta” (Pakilin: costa partida en dos – gasta: pueblo)






miércoles, 8 de junio de 2022

La Cébila

Cerca de cumplirse 45 años de la poco conocida tragedia de la cébila.

Hoy ruta nacional 60 compartida entre La Rioja y catamarca.
En esta oportunidad la transitamos sentido Aimogasta la Rioja a Chumbicha Catamarca, qué para nosotros es la mejor forma de transitarla porque tiene más bajada que trepada.
Juan Francisco Luna, oriundo de Ovanta, desde muy pequeño colaboraba con su padre en el manejo de la chata donde vendían verduras, después trabajo en la máquina topadora para construir un dique en la década del ‘70 se trasladó a la Capital y comenzó a trabajar como chofer de los Colectivos Leilans, que eran de la provincia y unían Catamarca y Santiago del Estero, que posteriormente pasaron a la “Cooperativa de Transporte Catamarca”.
A principios del año 80 empezó a trabajar como chofer de la vieja empresa Bosio, donde le tocó vivir la magra vivencia de la “Catástrofe de la Cébila”.
El chofer Luna, conocido afectivamente como “Pancho”, con mucha nostalgia cuenta que el 3 de diciembre de 1987 había partido de la Terminal de Ómnibus de Catamarca Capital, a las 20 hs con destino a Andalgalá, acompañado por el guarda José A. Rearte.
En su recorrido, en Miraflores comenzó a lloviznar y al llegar a Chumbicha a las 21:15 hs se observaba refusilar a lo lejos. Recuerda que allí subió un pasajero y continuó su viaje.
Al ingresar a La Cébila soplaba un fuerte viento y caían piedras en lo seco, pero no había vestigios de una tormenta como la que se desató. Casi en la mitad de la Quebrada percibió un “olor feo”, lo que le trajo un mal presagio, por lo cual le sugirió a los pasajeros volver por la ruta de El Cebollar, lo que significaba una hora más de viaje, pero nadie aceptó. Continuando su periplo un poco más distante del kilómetro 1.130 se topó con un árbol atravesado en la ruta, que impedía el paso y volvió a insistir en volverse con la negativa de los pasajeros.
Ante esta realidad detuvo el colectivo pegado al cerro y se bajó del mismo acompañado por el guarda Reartes, Adolfo Sotomayor, Luis Rasgido, Andrada y Carlos Giménez, todos sobrevivientes.
En su relato, “Pancho” cuenta que le pedía a la gente que se subiera al cerro, ya que pensaba enganchar con unas cadenas el árbol y tirarlo con el colectivo, pero no quisieron y todos permanecieron inmutables en sus asientos.
De pronto, ante la furia imparable de la naturaleza, escuchó un golpe seco y al mirar hacia donde estaba el árbol, observó como una ola de 20 metros de altura de agua y barro, arrasaba todo lo que encontraba en su recorrido. Continuando su relato, dice que lo primero que hizo fue tomar entre sus brazos a un nene de apellido Nieva, de El Pajonal, a quien se lo había encargado el padre que lo llevara. En esos momentos, una rama que venía con fuerte violencia le arrancó la criatura y lo llevó la corriente, “a mí me llevó varios metros, con toda suerte Reartes me tomó de uno de los brazos y me ayudó a subir la lomada, de repente quedé solo”.
Al mirar hacia el colectivo vio que la correntada, al llevarlo, lo hizo dar con la cola en el cerro, sin reventarse el parabrisas. Hasta entonces algo se podía ver y se dio cuenta que estaba lleno de sangre y de barro, creyó que podía mermar la creciente y con los nervios, cuando intentó entrar al ómnibus, se vino otra impresionante correntada que reventó el parabrisas, dio vuelta al colectivo y lo llevó. Aunque fueron unos minutos, le pareció una eternidad. Cuando se calmó la corriente, caminó con ropa interior ya que la correntada le había arrancado la ropa, mientras lo arrastraba. Al observar el colectivo, se acercó hacia él y con un amargo recuerdo relata que encontró a los 24 pasajeros muertos; parecían “pescaditos en medio del barro”.
Después de este verdadero sueño, al día siguiente al despertar se encontró en un sanatorio de esta Capital, tirado sobre una lona, rodeado de cadáveres. Como pensaron que estaba muerto, a su lado había un cajón. “Tatita Dios no me vía llevao” -así lo dijo- esbozando una leve sonrisa de esperanza y agradecimiento al Creador.
Este chofer que lleva un peso en su mente, pero su conciencia tranquila, antes de partir preguntó varias veces si La Cébila estaba transitable y le expresaron que estaba bien y que recién después de la Fiesta de la Virgen se la iba a clausurar.
Después del accidente, “Pancho” estuvo tres meses sin conducir un colectivo. Cuando volvió y tuvo que transitar La Cébila, comenzó a llorar y sintió miedo al volver a su mente el recuerdo del pasado.
Este dramático hecho dejó graves secuelas en la vida de Luna: tuvo una parálisis en el lado derecho de la cara, como consecuencia de los golpes que recibió en su cabeza.
En épocas de lluvia, al sentir caer las gotas, sufre sensaciones de pánico al recordar el golpe de gotas y piedras en el techo del colectivo.
El tiempo ha pasado y como agradecimiento a nuestra Virgen Morena, todos los 3 de diciembre se va caminando desde su casa a la Gruta “para agradecer a la Santísima Virgen”.
Terminando su relato, muy emocionado y a punto de quebrarse, “Pancho” miró al cielo y le dio gracias a Dios por haberle permitido seguir viviendo y poder contar esta triste historia de un negro anochecer de un 3 de diciembre de 1987.