Isidro Velázquez nació el 15 de mayo de 1928 en Mburucuyá, Corrientes,
hijo de Feliciano y Tomasa Ortiz. El año 1961 lo encuentra con su mujer y sus
cuatro hijos en Colonia Elisa, Chaco, donde trabajaba como peón rural. Tanto
allí como en La Verde, Selvas del Río de Oro, Laguna Blanca y Laguna Limpia,
Zapallar, La Escondida, Lapachito y otros parajes del norte se lo tenía como el
mejor baqueano, rastreador y cazador de los esteros y los montes.
Alto, delgado, de mirada penetrante era muy buen vecino, asistía a las
reuniones periódicas de la Cooperadora Escolar de Colonia Elisa hasta que, por
alguna razón no muy clara, comenzó a ser hostigado por la policía. En su
prontuario figuran tres causas abiertas en 1961 por robos y hurtos, y una
cuarta por evasión. El jefe de sus cazadores en persona, capitán Aurelio Acuña,
no se explica que un hombre que durante más de treinta años había sido
"humilde pero honrado", se había convertido en un "peligroso
delincuente".
En el Chaco, las opiniones están furiosamente divididas. Las autoridades
aseguran que esos primeros delitos fueron reales, pero la gente dice que no,
que Velázquez sufrió un hostigamiento injustificado de la policía que culminó
con el encarcelamiento, su fuga y el comienzo de la historia de 'El Vengador'. Más
allá de cualquier razón, queda claro que cuando Velázquez escapó de la cárcel
de Colonia Elisa ya había tomado la decisión que lo empujó hacia el monte, tras
las sendas que veinte años antes habían transitado Zamacola, Bairoleto y el
famoso Mate Cosido. Se despide con un beso de su familia, todos en fila en el patio,
recuerda Paulo, su hijo;
las hermanas mayores lloraban y el con sus cinco
añitos no entendía muy bien lo que pasaba. Nunca lo volvió a ver.
Intentó restablecerse haciendo una vida
normal en el Paraguay, formo pareja con María
“Ninón" Duarte con quien
tuvo dos hijos y aun hoy con sus 81
años lo recuerda con mucho cariño pero la policía chaqueña se había ensañado con
ese correntino: querían darle un escarmiento ejemplar para los otros
trabajadores golondrinas.
Es entre los hacheros desocupados, los golondrinas y los indígenas,
donde Isidro Velázquez encontró refugio cuando se alzó contra la ley junto con
Claudio, su hermano menor.
Claudio creía que su poncho rojo lo protegía, Claudio
Velázquez tenía un año menos que Isidro, usaba sombrero paisano con ala ancha y
ladeado sobre la derecha; solía entrar a los pueblos con su inseparable poncho
colorado. "Me da suerte, si lo pierdo seguro que me atravesarán de un balazo"
bromeaba con sus amigos.
El 21 de mayo Claudio decidió festejar el cumpleaños de Isidro y tomó por
asalto el paraje de Costa Guaycurú. Ocupó la carnicería y el almacén y convocó
a los vecinos: "Tomen lo que quieran -les dijo- los hermanos Velázquez
invitan y pagan. Quiero saber si la policía se anima a venir a buscarme".
La bravata saldría cara: Wenceslao Ceniquel, comisario, de Zapallar, reunió a
sus hombres y marchó a Costa Guaycurú. Dos policías fueron heridos en el
tiroteo pero allí murió Claudio atravesado de un balazo.
En sus relatos los pobladores ponen especial énfasis en destacar que la
intervención de Isidro ante su hermano Claudio o ante Vicente Gauna había
evitado violencias innecesarias y salvado vidas.
La presencia de
bandidos alzados contra la ley, como Zamacola, Bairoleto y Mate Cosido fue común
y popular en los '30 y '40 en el Chaco. Velázquez les daba continuidad a estas
figuras míticas en un país distinto que creía imaginar haber encontrado el
regazo protector de la tecnología y el modernismo. Sus aventuras, contadas en
Buenos Aires por La Razón, Crónica, Así o Gente, colisionaban con una sociedad
que se deslumbraba con los happenings del Instituto Di Tella. Dos países
paralelos en vísperas del golpe de Estado de Juan Carlos Onganía y el
Cordobazo.
En 1965, la fama
de Velázquez y Gauna se extendía por todo el Litoral. El "payé", la
magia de los dioses ancestrales de la selva y los esteros, protegía, a Isidro y
las puntas de su pañuelo lo orientaban entre los montes y los pantanos y señalaban
el lugar donde se ocultaban sus enemigos.
Por entonces la población los cree invencibles; el sapucay de Isidro Velázquez
detiene a quien lo enfrenta, su mirada paraliza. Cierta vez Isidro venía
huyendo por el monte y sus perseguidores, guiados por un baqueano conocedor,
organizaron la emboscada donde suponían que abandonaría la espesura. El destino
quiso que el proscripto se encontrara frente a frente con el baqueano a quien
se le trabó el arma o no atinó a disparar. Recriminado por sus superiores, el
hombre balbuceó atragantado que Isidro le había hecho mal de ojo y que se había
quedado duro como una estaca.
El 7 de setiembre de 1967, la revista Gente entrevistaba a uno de los policías
que se aprestaba a salir tras Velázquez.
"¿Ustedes creen que lo van a apresar?" pregunta el periodista.
"No, es imposible -contesta el agente-. Estoy seguro de que por más que le
tiremos, las balas no van a entrar. Ustedes saben que el agente Mieres vació su
pistola y no hubo caso. Después, Velázquez, con un solo tiro, le atravesó el corazón".
"Entonces ¿está convencido que si se topa con ellos, usted es hombre
muerto?".
"No sé si me va a liquidar. Él les saca dinero a los ricos para repartirlo
con un pobre. Y yo gano catorce mil pesos por mes... Si llego a toparme con
ellos en el monte, creo que les diría que maten a un hacendado, no a mí,
justamente."
Tras la "Operación Fracaso", como la bautizaron los paisanos,
Velázquez y Gauna se instalaron en Quitilipi, cerca de una reserva toba cuya
población los alimentaba y protegía. Desde allí comenzaron a preparar el asalto
a la sucursal del Banco de la Nación en la localidad, de Machagai. Esta vez la
policía se les adelantó; detectaron posibles contactos y convencieron a dos de
ellos, una maestra y el cartero, para que entregasen a los fugitivos. Como
explicaría pomposamente el capitán Acuña "el procedimiento final con los
resultados ya conocidos no fue, en absoluto, producto de improvisaciones o de
la casualidad, sino la consecuencia lógica de un plan elaborado con
inteligencia".
La maestra, Leonor Marinovich de Cejas, de 40 años, dijo que había decidido
capturar a Velázquez para cobrar la recompensa junto con el cartero Ruperto
Aguilar. Los pobladores de Machagai aseguraban que no había sido así, que la
maestra era amiga de Velázquez desde mucho tiempo atrás y había colaborado con
él en otras ocasiones. "Isidro nunca hubiera confiado en una
desconocida" decían y aseguraban que su traición obedeció a la presión
policial.
Al anochecer del primero de diciembre de 1967, la señora de Cejas y Ruperto
Aguilar debían trasladar en el Fiat 1500 de la maestra a Velázquez y Gauna
desde Quitilipi hasta Machagai. Velázquez se ató un pañuelo a cuadros en el
cuello, se calzó un cinturón con balas y salió en paz con su wínchester y una
38. Al llegar al puente de Pampa Bandera la maestra simuló un desperfecto y
detuvo el auto. Así lo había convenido con la policía. Treinta hombres, entre
los que también había civiles armados hasta los dientes, aguardaban emboscados
junto al camino.
El cartero y la maestra bajaron del auto y se desató un tiroteo infernal, más
de quinientos balazos cruzaron el aire en pocos minutos. Gauna alcanzó a herir
a Aguilar en una pierna y cayó fulminado. Pero Isidro ofreció resistencia con
su wínchester. Hirió al cabo Santos Medina, se tiró del auto y se abrió camino
a tiros casi trescientos metros en dirección al monte. La oscuridad cubrió al
fugitivo, sus cazadores, desesperados, iluminaron el lugar con los faros de sus
autos y vieron a Isidro empuñando su carabina, herido en una pierna y en un
hombro y a punto de alcanzar la arboleda. Isidro dio vuelta la cara,
deslumbrado, y cayó atravesado por la descarga cerrada de sus perseguidores.
El capitán Acuña proclamó su victoria; el primero de diciembre fue declarado
día de la policía del Chaco y el automóvil fue acondicionado como monumento
provincial. Pero la población humilde lloró la muerte de Velázquez. Hombres y
mujeres peregrinaron hasta el árbol junto al cual había caído y también
marcharon hasta su tumba en Machagai donde depositaron ofrendas.
Las autoridades decidieron entonces quemar el árbol y borrar las señas de la
tumba. El chámame lo registra: "sin una vela encendida, sin una flor a su
lado, sin una cruz en la tierra, hay dos sueños sepultados"; aún así son
muchos los paisanos que todavía hoy conservan como reliquias astillas del árbol
de Pampa Bandera y las tumbas NN de Machagai son hasta hoy objeto del culto
popular. El chámame de Oscar Valles recorrió todo el país: "La muerte
apagó la risa del sol que ardiente duerme en el Chaco, porque Machagai se ha
vuelto un llanto triste de sangre y barro".
El gobierno de Onganía prohibió el chamamé. En ese momento el sociólogo Roberto
Carri se sentaba a escribir su libro, sin pensar que diez años más tarde, en
1977, mientras un ciego volvía a cantar "El último sapucay", sería
secuestrado convirtiéndose en un desaparecido más de la dictadura.